5 mar. 2018

OTRO COMENTARIO DE TEXTO DE LA NOVELA EL ÁRBOL DE LA CIENCIA.


Hurtado no podía soportar la bestialidad de aquel idiota de las patillas blancas. Aracil se reía de las indignaciones de su amigo. Una vez Hurtado decidió no volver más por allá. Había una mujer que guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enferma solía bajar disimuladamente al gato de la cama y dejarlo en el suelo; el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno de los días el médico le vio y comenzó a darle patadas.
—Coged a ese gato y matarlo —dijo el idiota de las patillas blancas al practicante.
El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecución.
—Y a esta tía llevadla a la guardilla —añadió el médico.
La enferma seguía la caza con la mirada, y cuando vio que cogían a su gato, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.
—¡Canalla! ¡Idiota! —exclamó Hurtado, acercándose al médico con el puño levantado.
—No seas estúpido! —dijo Aracil—. Si no quieres venir aquí, márchate. —Sí, me voy, no tengas cuidado; por no patearle las tripas a ese idiota miserable.
Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.
 Pío Baroja, El árbol de la ciencia.